miércoles, 15 de julio de 2026

La justicia boliviana no se salvará solo con más presupuesto


 

La justicia boliviana no se salvará solo con más presupuesto

Por: Ramiro Sánchez Morales

La crisis de la justicia en Bolivia no se resolverá repitiendo, una vez más, la consigna fácil del aumento presupuestario. El problema es más hondo y más incómodo: sin independencia judicial real, sin política judicial, sin planificación seria y sin control institucional efectivo, cualquier incremento de recursos corre el riesgo de diluirse en el mismo sistema ineficiente que hoy mantiene a la justicia en estado de precariedad estructural.

El punto de partida está en la propia Constitución. El artículo 178 de la Constitución Política del Estado dispone que la potestad de impartir justicia se sustenta, entre otros principios, en la independencia, la imparcialidad y la seguridad jurídica; además, reconoce garantías específicas de la independencia judicial. Por tanto, la independencia judicial no es una consigna decorativa ni una referencia académica de ocasión: es una exigencia constitucional que obliga a construir condiciones materiales, normativas e institucionales para que jueces y tribunales actúen sin sometimiento político, sin temor disciplinario indebido y con verdadera autonomía.

Sin embargo, el debate público suele naufragar en la superficie. Se reclama más presupuesto como si ese dato, por sí solo, pudiera rescatar un sistema colapsado. Esa lectura es incompleta. Un órgano que exige más recursos, pero que no acompaña esa demanda con una política judicial clara, con metas verificables, con reforma de gestión y con criterios serios de priorización, termina confundiendo necesidad presupuestaria con improvisación institucional.

Aquí aparece una verdad que no puede seguir siendo eludida: aun siendo bajo, el presupuesto judicial de 2025 no fue ejecutado en su plenitud. El dato es políticamente incómodo y técnicamente revelador, porque demuestra que la discusión no puede agotarse en pedir más dinero cuando ni siquiera se ha logrado ejecutar totalmente lo ya asignado. Eso no significa negar que el presupuesto judicial sea insuficiente. Significa algo más serio: la insuficiencia presupuestaria convive con una deficiente planificación.

Si el órgano judicial no identifica con precisión sus prioridades, no diseña proyectos sólidos, no ordena su gestión y no fortalece sus capacidades de ejecución, el reclamo económico pierde fuerza argumentativa y se vuelve vulnerable frente a cualquier objeción externa. Por eso, el tema central es la política judicial. Bolivia arrastra desde hace décadas una alarmante ausencia de visión estratégica sobre la justicia. No existe una política judicial sostenida que defina con claridad qué modelo de administración de justicia necesita el país, cómo debe modernizarse la estructura procesal, qué lugar deben ocupar la carrera judicial, la transparencia, la oralidad, la digitalización y la rendición de cuentas, y cuáles son los indicadores reales de desempeño que deben medirse año tras año.

Sin política judicial, el presupuesto se convierte en una cifra sin dirección. Con política judicial, en cambio, el presupuesto se vuelve una herramienta al servicio de objetivos concretos. Esa diferencia es decisiva. Lo primero reproduce inercias; lo segundo permite transformar instituciones. La justicia boliviana necesita exactamente eso: dejar de administrar su crisis y empezar a planificar su reconstrucción.

En ese cuadro, el Consejo de la Magistratura merece una observación especialmente severa. Si se le reconoce el régimen disciplinario, el control y fiscalización administrativa y financiera, y la formulación de políticas de gestión del Órgano Judicial, entonces su ineficiencia no puede relativizarse ni encubrirse con formalismos. La debilidad del Consejo de la Magistratura es una de las expresiones más visibles del deterioro judicial, porque allí debía articularse una parte esencial del orden administrativo, disciplinario y planificador del sistema.



Cuando el Consejo de la Magistratura falla, no solo fallan expedientes administrativos o procedimientos internos. Falla el control sobre la carrera judicial, se debilita la disciplina institucional, se posterga la fiscalización, se deteriora la confianza pública y se refuerza la percepción de que el sistema carece de conducción seria. Por eso resulta legítimo afirmar que la ineficiencia del Consejo de la Magistratura agrava, y no simplemente acompaña, la crisis de la justicia boliviana.

Y esa ineficiencia no es una abstracción, sino que está marcada por un historial de tolerancia a la irregularidad. El caso del consejero Marvin Molina es uno de los ejemplos más oscuros: un audio difundido públicamente lo involucró en conversaciones con un diputado del MAS sobre el "cuoteo" de cargos judiciales y designaciones para operadores políticos. La gravedad del caso no radicó únicamente en el contenido de la grabación, sino en la reacción institucional. Aunque Molina renunció a la presidencia del Consejo, las denuncias nunca fueron investigadas a fondo para desmantelar la presunta red de favores. Al contrario, las acusaciones fueron diluyéndose, cubiertas bajo un manto de impunidad que dejó intacta la estructura corporativa. En lugar de sanción y limpieza institucional, lo que se vio fue protección política.

Ese patrón de impunidad institucional también ha quedado en evidencia frente a otras irregularidades escandalosas, como las denuncias recurrentes contra vocales de las salas constitucionales del Beni. En múltiples ocasiones, esas salas se han visto envueltas en fallos altamente cuestionados, en acusaciones de prevaricato y en maniobras para paralizar procesos nacionales o interferir en jurisdicciones que no les corresponden, generando choques incluso con sus pares de Santa Cruz y con autoridades electorales. Sin embargo, frente a estos excesos jurisdiccionales evidentes, el sistema disciplinario ha optado por mirar hacia otro lado. Cuando las denuncias quedan atrapadas entre el silencio y el corporativismo, el mensaje es demoledor: dentro de la justicia, la rendición de cuentas es una ficción.

Frente a esta realidad, una reforma judicial de verdad exige revisar la Constitución en lo relativo a la forma de elección de magistrados. El sistema vigente ha mostrado límites estructurales y ha terminado politizando la designación de las altas autoridades, por lo que la discusión ya no puede evitar una reforma constitucional de fondo que cambie el mecanismo de selección y fortalezca la legitimidad del poder judicial.

En esa misma línea, el Consejo de la Magistratura debe ser concebido de otra manera. No basta con mantener un diseño institucional que en la práctica ha demostrado insuficiencia y complicidad; hace falta repensarlo como un órgano técnico, profesional y realmente capaz de sostener la carrera judicial, la disciplina, la fiscalización y la planificación del sistema. No se trata solo de cambiar nombres o rotular nuevas estructuras, sino de redefinir su función dentro del modelo de justicia que Bolivia necesita.

Como he sostenido en mis trabajos publicados en Cabildeo Digital, la reforma constitucional para la despolitización y el fortalecimiento de la independencia judicial en Bolivia debe abordar precisamente esos dos nudos: la elección de magistrados y la reconfiguración del órgano de gobierno judicial, porque sin ese cambio la independencia seguirá siendo solo una promesa normativa. La reforma no puede limitarse a ajustes cosméticos; debe atacar la raíz de la politización, del deterioro institucional y de la impunidad disciplinaria.

La reforma, entonces, no puede limitarse a exigir un porcentaje mayor del Tesoro General de la Nación. Tiene que comenzar por una radiografía honesta del sistema; por reconocer la subejecución presupuestaria; por asumir que la independencia judicial del artículo 178 de la Constitución exige garantías reales y no discursos ocasionales; y por diseñar, de una vez, una política judicial integral, técnicamente fundada y políticamente defendible.

Bolivia necesita una justicia con recursos, sí, pero sobre todo una justicia con dirección. Mientras no exista planificación adecuada, mientras el presupuesto no responda a una política judicial seria y mientras órganos como el Consejo de la Magistratura no cumplan con eficacia su función institucional, el país seguirá atrapado en una paradoja corrosiva: pedir más para hacer, en esencia, lo mismo de siempre.